jueves, 29 de octubre de 2015

Nadie te va a querer

Desde que conocí a la joven Pipiola, siempre he querido escribir una historia para ella. Me he pasado un año entero buscando las palabras adecuadas que supieran reunir el sentimiento que quería transmitir y al final he obtenido este resultado, aunque debo admitir que no se parece en nada a lo que había planeado. Empecé con la primera frase, que encontré como por casualidad, y el resto llegó solo y de repente. Sin darme cuenta, estaba escribiendo la historia de un cachorro de perro. Así que las protagonistas de esta historia, dos niñas huérfanas, están basadas en dos perritas que conocí el mismo día en una protectora de animales; una de ellas es Cilla, mi simpática y querida amiga, y la otra, Pipiola, era su compañera de juegos, una perrita raquítica y maltratada por sus anteriores dueños que cada día acude a mi memoria para recordarme lo cruel que puede llegar a ser el mundo.


NADIE TE VA A QUERER

No deberías ser tan tímida, así nadie te va a querer.
Las niñas jugaban en el parque. Hacía un día cálido y soleado y el viento soplaba suavemente, rozando los columpios con sus dedos invisibles. El resto de los habitantes del orfanato se hallaba dentro del edificio, viendo la película que habían elegido  para aquella tarde, pero las dos niñas, que respiraban mejor al aire libre, se habían escapado por la puerta entreabierta de la sala de vídeo cuando apagaron las luces y habían corrido hasta el parque en silencio y con una sonrisa, contenida solo a medias, adornando sus rostros infantiles e inocentes.
¿Por qué no?
La niña rubia se balanceaba en su columpio cada vez con más fuerza; parecía que quería tocar el cielo con las manos, y en sus ojos se reflejaba la determinación de los osados. La otra, más menuda, pelirroja y pecosa, apenas se deslizaba un par de centímetros adelante y atrás con el suyo y miraba el suelo con gesto abatido.
Porque a la gente le gustan las niñas simpáticas, no las que se asustan.
Por una ventana del primer piso les llegó, amortiguada y lejana, la carcajada alegre y despreocupada de una multitud. Marina, que no podía soportar que otros se divirtieran y ella no, la imitó con su risa fácil y cantarina, mientras Anabel encogía aún más su diminuto cuerpo, consciente de que nunca podría reír como ellos.
Yo no me asusto.
Ah, ¿no? ¿Y qué estás haciendo ahora?
Marina se impulsó aún más fuerte y, cuando estuvo lo más alto posible, saltó. Aterrizó dos o tres metros más allá, chocó con las rodillas contra el suelo y apoyó las manos para frenar la caída; las piedrecillas de la tierra se incrustaron en su piel blanca, pero no le importó. Anabel, que la miraba desde su columpio casi estático, no entendía cómo su amiga podía ser tan alocada cuando a ella cualquier brusco movimiento la hacía temblar violentamente.
Pero yo no quiero que me quieran musitó, bajando la mirada hasta sus gastados zapatos y luchando inútilmente por retener las amargas lágrimas que asomaban ya por sus ojos azules y atormentados.
Marina, que permanecía aún agachada y con su rubia melena revuelta, ladeó la cabeza y la miró, sorprendida, pues no entendía lo que Anabel había querido decir con aquellas palabras.
¿Quién no quiere que lo quieran?
Yo  no quiero que me quieran repitió la niña pelirroja.
En ese momento, el viento azotó las copas de unos árboles cercanos; las hojas susurraron, inquietas, y la fina capa de polvo que cubría el suelo se levantó para volver a posarse un poco más allá.
¿Y por qué no?
Anabel detuvo su columpio anclando un talón en la tierra y dejó que las lágrimas bañaran su pálido rostro, manteniendo la cabeza gacha y las huesudas manos entrelazadas en su regazo; sus dedos se habían crispado y las uñas le marcaban en la piel profundos surcos enrojecidos.
Marina se percató entonces del malestar que se había apoderado de su menuda y asustadiza compañera de cuarto y se acercó a ella despacio para ofrecerle consuelo. Se acuclilló frente a ella y cubrió las frías y esqueléticas manos de su amiga con las suyas, cálidas y firmes.
¿Por qué no? preguntó de nuevo.
Anabel aún tardó unos segundos en responder.
Él me pegaba confesó al fin, con la voz entrecortada. Me pegaba.
Y sus lágrimas silenciosas se transformaron en un llanto sobrecogido y desesperado.

***
¡Tú! tronó una voz áspera desde el salón ¡Te dije que me trajeras la comida hace media hora!
Desde el piso superior, una niña menuda y pelirroja atisbaba lo que ocurría abajo a través de los barrotes de la barandilla del hueco de la escalera.
Un movimiento en la cocina y el ruido de un vaso al hacerse añicos contra el suelo reveló la presencia de una mujer nerviosa que trajinaba con la vajilla intentando conseguir un plato decente para su marido. Un minuto más tarde, la madre de Anabel salió de la cocina con una bandeja en las manos, pasó por delante de la escalera con paso ligero e irregular y entró en el salón.
Ya era hora gruñó el hombre.
Instantes después, la mujer regresó a la cocina y se dispuso a limpiar el desastre que había organizado.
Anabel, oculta entre las sombras, aferró los barrotes con fuerza y apretó la cara contra ellos. Tenía los ojos llorosos y apenados, y sus hombros se convulsionaban en un mudo sollozo. Solo quería pasar desapercibida, pero sabía que aquella noche, como todas las precedentes, sucedería lo inevitable.
Como cada día, Rodrigo Rojas se levantaba pasado el mediodía y realizaba sus tareas habituales, entre las cuales se encontraba vigilar que toda la casa estuviera en perfecto orden según su dictado. Ordenaba a su mujer que hiciera tal o cual cosa, le gritaba, la zarandeaba y la golpeaba cuando no cumplía con lo que se le había mandado. Era el dueño y señor del lugar, puesto que era él el que llevaba el dinero a casa, e imponía sus propias reglas que todo el que viviera bajo su mismo techo debía acatar sin rechistar. No era necesario que ejerciera de aquella manera su dominancia, pero le gustaba sentirse poderoso y someter a los demás a su yugo. Su mujer, Belén Díaz, vivía cada día de miseria sin oponerse, trabajando sin descanso para complacerlo, soportando los gritos y los golpes sin revelarle a nadie su mala fortuna, todo por un techo, una cama y una comida caliente. Y luego estaba Anabel, una niña feúcha, pelirroja, pequeña e insignificante, que lograba esquivar a su padre durante unas horas, pero que vivía su propio infierno al caer la noche, cuando él volvía de trabajar o, como muy a menudo ocurría, del bar donde quedaba con sus amigos.
Aquel día, como todos los demás, Rodrigo Rojas se hallaba solo en el salón, comiendo la comida que le había preparado su mujer y viendo un programa estúpido en la televisión. Hasta que él se marchara al trabajo, lo mejor que podían hacer su mujer y su hija era no cruzarse en su camino y dejarlo disfrutar del suculento manjar y de las voces ensordecedoras y espeluznantes que salían del televisor. Cuanto menos tiempo reparara en ellas, tanto mejor. Sin embargo, nunca podían evitarlo indefinidamente.
¡Mujer! bramó ¡Llévate esta porquería ahora mismo, sabe a neumático! ¡Y tráeme los zapatos!
Belén Díaz, como cada día, iba de un lado a otro de la casa, acatando las órdenes de un hombre que minimizaba su existencia y la hacía sentir a cada momento menos persona, a cada instante menos mujer. Le retiró la bandeja y le llevó los zapatos, sin esperar obtener una mísera palabra de agradecimiento, agachando la cabeza para evitar que sus ojos se cruzasen con los de él y que así él no pudiera leer en ellos lo desdichada que era.
Cinco minutos más tarde, Rodrigo Rojas salía por la puerta principal, dejando tras de sí una casa vacía en la que habitaban dos corazones marchitos.
Anabel, hijita, vamos a comer algo.
Anabel al fin salió de entre las sombras y se aproximó a la escalera. Descendió por ella, pálida y ligera como un fantasma, y se reunió con su madre en la cocina.
Ese día, la niña no había ido al colegio. Solía encontrarse cansada al despertar por la mañana porque se acostaba muy tarde, mucho más tarde que los otros niños, y a menudo se veía obligada a quedarse en cama debido al mal aspecto que presentaba; si mostraba evidentes síntomas de depresión, no le permitían salir de casa. En el colegio, todos daban por hecho que tenía una salud delicada.
Mientras daban buena cuenta de la comida, que no estaba tan mala como le recriminara su marido, Belén Díaz le dijo a su hija:
Anabel, esta noche tienes que ser cortés. No debes hacer enfadar a tu padre, ¿me entiendes? De lo contrario, la tomará contigo y mañana no podrás ir a clase tampoco.
Anabel asintió, clavando la mirada en el plato y masticando en silencio. Entendía perfectamente lo que su madre quería decir: si hacía enfadar a su padre… no, probablemente no permitirían que fuera al colegio con marcas recientes de violencia.
Lo más importante en aquella casa era la discreción, no el bienestar de una niña.
La tarde transcurrió lenta y tranquila, sin incidentes. Anabel se hallaba en su cuarto, tumbada en la cama, leyendo un libro con expresión relajada. Era su libro favorito; lo había leído tantas veces que casi se lo sabía de memoria, y nunca se cansaba de leer una y otra vez las mismas palabras. Al otro lado de la ventana, el sol se iba inclinando sobre el horizonte de edificios grises, despidiéndose en silencio de un día que tocaba a su fin. Cuando el manto de la noche hubo oscurecido sus últimos rayos, y mucho más tarde, un ruido sordo en el porche sobresaltó a la niña, que dejó caer el libro al suelo y aguzó los oídos, alerta y asustada.
No estoy borracho dijo una voz grave y difusa que arrastraba las palabras cuando se abrió la puerta de la entrada. ¿Tú crees que estoy borracho?
No, Rodrigo, no lo creo dijo su esposa, dócilmente.
Pero claro que lo estaba, porque esa noche, al salir del trabajo, se había reunido con sus colegas en el bar de enfrente y juntos habían decidido acabar con todas las reservas de alcohol que guardaran en la despensa. Belén Díaz así lo supuso cuando le llegó el olor a vodka que exhalaba su aliento.
No, claro que no, porque no lo estoy…
Rodrigo Rojas se dirigió al salón y se dejó caer en el sofá con un quejido; cerró los ojos un momento, profirió un suspiro pesado y miró en derredor.
¿Dónde está? preguntó con rudeza.
¿Dónde está qué?
La niña.
La mujer apretó los labios imperceptiblemente, consciente de lo que vendría a continuación.
Está acostada.
Pues despiértala. Y dile que venga.
Mañana tiene que ir al colegio, necesita descansar.
No hagas que me levante, mujer dijo el hombre, con tono amenazador y mirándola directamente a los ojos.
Entonces, Belén Díaz inclinó la cabeza indicando sumisión y salió del salón para ir a buscar a su única hija. Poco después reapareció llevando de la mano a una niña que temblaba como una hoja agitada por el viento.
Rodrigo Rojas miró a su hija con una expresión hermética en su curtido rostro. Anabel, hipnotizada por la fuerza magnética que poseían sus ojos, no pudo apartar la mirada para protegerse de aquellos tentáculos que parecían leer con tanta claridad su corazón.
Anabel, pequeña… dijo su padre, con voz melosa. Se incorporó hasta quedar sentado, sin perder de vista a la niña un solo instante, y con los ojos vidriosos añadió: Estás temblando. ¿Acaso tienes miedo? ¿Le tienes miedo a tu viejo padre?
Anabel sabía que aquellas palabras amables encerraban una profunda amargura que había ido creciendo conforme pasaban los años. Estaba muy asustada, pero no quería que su padre se diera cuenta de ello porque él quería que su hija fuera valiente. No quería temblar como lo hacía, pues era consciente de que esa acción repercutiría directamente sobre ella.
No debes tenerme miedo continuó el hombre, bajando el tono una octava. Acércate.
Sin embargo, Anabel no podía moverse. Se quedó donde estaba, junto a su madre, aferrando su mano con fuerza y deseando desaparecer. Rodrigo Rojas decidió atajar la situación.
le espetó a su mujer, vete de aquí.
Belén Díaz vaciló, pero, al advertir la mirada iracunda de su marido, terminó por ceder y se marchó, dejando sola y a su merced a la atemorizada niña.
Acércate, pequeña repitió el hombre, con calma. Anabel obedeció y dio un par de pasos dubitativos hacia él, sin atreverse a llegar a donde él pudiera alcanzarla. Un poco más… Un poco más… Ya estás…
Anabel aspiró el hedor que desprendía su padre por todo el cuerpo, lo que le hizo componer de manera inconsciente una leve mueca de desagrado, pero él no pareció advertirlo; cogió las huesudas manos de la niña y las amasó con las suyas.
A veces me pregunto si de verdad eres hija mía dijo, sin soltarla. Deberías ser más grande, más fuerte, más valiente. Deberías ser todo lo que no eres. Deberías haber sido un chico que pudiera seguir mis pasos, pero no… Eres una niña torpe, enclenque, vulgar, nimia, que nunca llegará a nada. Y nunca llegarás a nada porque eres incapaz de dar un paso sin temblar, de acercarte a tu padre y obedecer una simple orden. Nadie te va a querer. Si sigues con esa actitud, nadie te querrá nunca.
Con cada palabra, Rodrigo Rojas había ido alzando la voz y cada vez apretaba con más fuerza los diminutos dedos de su hija al tiempo que la zarandeaba para dar más énfasis a su discurso. Anabel, sacudida con violencia, no quería escuchar, pero bebía de sus palabras como si estuviera sedienta.
Pero yo sí te quiero continuó él. Lo sabes, ¿verdad? Sabes que te quiero, y por eso quiero que aprendas a ser mejor. Por eso tengo que corregirte.
Rodrigo Rojas se levantó por fin, y, reteniendo a su hija con una mano, alzó la otra y le asestó un brutal golpe en la mejilla.
Anabel chilló de dolor, sus piernas cedieron y se quedó colgando del brazo que aún agarraba su padre con mano de hierro.
No deberías ser tan débil, niña le espetó, fuera de sí. Así nadie te va a querer.
Y volvió a golpearla, una y otra vez, en diferentes partes del cuerpo, con diferentes objetos, hasta que la niña cayó al suelo, exánime y dolorida, y ya no se movió.
Y así sucedía, día tras día, unas veces más y otras menos, pero el agresor nunca concentraba en la cara sus arremetidas para que nadie notara nunca que vapuleaba a su hija y a su mujer. Al día siguiente, Anabel se quedó en casa de nuevo, recuperándose en silencio de las magulladuras, mientras sus padres acudían a una conferencia en la capital. Esa mañana ni siquiera había tenido fuerzas para levantarse de la cama, y permanecía boca abajo para evitar que las heridas de la espalda rozaran con nada. Mantenía los ojos cerrados para tratar de seguir soñando, alargando el momento de volver a la realidad, deseando morir para dejar de sufrir… Y, no obstante, ni por un instante había siquiera imaginado lo que supo después, cuando un desconocido apareció en su casa para llevársela, primero al hospital y luego al orfanato. Aquel día, el rumbo de los acontecimientos cambiaba para siempre, pues un desgraciado accidente se había cobrado las vidas de las dos personas que la habían criado en medio de tinieblas, secretos y abusos.
***
En el parque del orfanato, dos niñas se hallaban sentadas en la hierba, la una junto a la otra, respirando el aire fresco de aquella apacible tarde de primavera. No había a su alrededor otros niños que pudieran molestarlas ni cuidadores que las vieran pasear a sus anchas por donde querían a deshoras. Aquel momento, un momento de confidencias, solo les pertenecía a ellas.
Anabel miraba un pajarillo que se había posado por allí cerca para atusarse las alas, perdida en sus recuerdos de aquel aciago día.
Ese hombre no tenía corazón dijo Marina, de pronto. Si lo hubiese tenido, te habría querido. Y, si alguien te quiere, no te hace sufrir.
Anabel sintió como si un puño le oprimiera el corazón.
Entonces, un gran revuelo se armó dentro del edificio y unas voces preocupadas que gritaban sus nombres les llegaron desde la distancia. Se oía perfectamente cómo los niños corrían de un lado a otro, sin orden, buscando a sus compañeras desaparecidas. La puerta que daba al jardín se abrió como si un vendaval la hubiera empujado desde fuera y en el umbral apareció la directora del orfanato con gesto de disgusto. Al verlas sentadas tranquilamente en la hierba, suspiró de alivio, pero no se ablandó.
¿Dónde os habíais metido, jovencitas? las recriminó mientras se acercaba a ellas con paso firme y amplias zancadas ¿Se puede saber por qué no estabais en la sala de vídeo con los demás? ¡Nos habéis dado un buen susto!
Las dos niñas empezaron a murmurar una disculpa, a sabiendas de que se merecían la reprimenda por haberse escapado de la vigilancia de sus mayores.
No me vengáis con excusas. Llevo un rato buscándoos por todas partes. Marina, dime, ¿qué crees que va a pensar de ti ahora esta gente?
Marina se quedó de piedra ante las implicaciones que conllevaba aquella pregunta. Pero lo primero que le vino a la cabeza no fue que fueran a ver en ella a una chica desobediente e indiferente, sino que por fin iba a ser adoptada. Permaneció con los ojos desorbitados y la boca abierta durante unos segundos mientras asimilaba la nueva información que poseía y luego, poco a poco, se fue abriendo una sonrisa sincera en su rostro infantil.
¿Han venido por fin? preguntó para cerciorarse, aunque ya conocía la respuesta y ni siquiera se molestó en escucharla. Se levantó y empezó a reír y a dar saltos, gritando: ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Por fin están aquí!
La severa directora, que hacía menos de un minuto la estaba reprendiendo, se contagió de su buen humor y le dijo:
Anda, ve a coger tus cosas y reúnete con ellos. Ya está todo listo.
Marina, alocada y alegre, la miró radiante y le plantó un beso en la mejilla. Después echó a correr todo lo rápido que fue capaz, sin olvidarse de vociferar a su espalda:
–¡Corre, Anabel, ven a ayudarme con la maleta!
Y Anabel, tímida y complaciente, corrió tras ella, dejando a la directora atrás, que las miraba con gran cariño y admiración.
Una vez en la habitación, Marina empezó a trastear aquí y allá, cogiendo sus escasas pertenencias y amontonándolas en una pequeña bolsa de viaje. Anabel, desde la puerta, la observaba con una expresión apenada que confería dulzura a sus facciones maltrechas.
¿Qué te pasa? le preguntó Marina, al reparar en su postura alicaída. Al ver que su amiga no contestaba, añadió con énfasis, como si acabara de recordar algo muy importante: Vendrás conmigo a conocerlos, ¿verdad?
Y, sin esperar respuesta, cogió la bolsa con una mano y la de su amiga con la otra, y la arrastró consigo hasta la sala de visitas, donde la aguardaban un hombre y una mujer que la recibieron con una amable sonrisa en los labios.
Ya estoy dijo la niña a modo de saludo.
La pareja la miró, emocionada, y luego reparó en la niña pelirroja. La directora, que había llegado antes que las niñas, se quedó perpleja.
Marina… ¿qué es esto?
Dijiste que hiciera mi equipaje respondió la niña, y esperó la reacción de los demás aferrando aún más fuerte la mano de su amiga.
Anabel, que hasta ese momento se hallara fuera de lugar en todo aquel asunto de la adopción de Marina, lentamente comenzó comprender la situación que esta planteaba. Su corazón se agitó, nervioso, y su respiración se entrecortó, al tiempo que adquiría la consciencia de que aquello realmente estaba sucediendo y no formaba parte de un sueño hermoso pero finito.
¿Qué…?
Anabel se viene conmigo dijo Marina, con voz potente y autoritaria, pero con un leve atisbo de miedo en sus ojos brillantes. La quiero, y quiero que venga conmigo.
Los presentes en aquella sala se quedaron mudos de asombro un momento y se miraron entre ellos para hacerse en silencio las calladas preguntas que no podían formularse en voz alta delante de las niñas. El segundero del reloj de pared avanzaba incansable en su interminable recorrido y Marina los contemplaba expectante mientras unas pequeñas gotas de sudor iban perlando su frente. Finalmente, su madre adoptiva tomó la palabra.
Bueno, seguro que podemos llegar a un acuerdo.
Entonces, Marina se relajó y aflojó solo un poco la garra con que aferraba a su amiga para evitar que la separaran de ella. Se volvió hacia Anabel con una emoción mal contenida y vio que a su lado no se encontraba la misma persona que hacía un minuto; en su lugar, había una chica de mirada límpida que, quizá por primera vez en su vida, albergaba en sus profundos y demacrados ojos una pequeña llama de esperanza por un futuro que estaba aún por llegar.

Aer

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