martes, 20 de enero de 2015

Derrota


DERROTA

Cuando fue consciente de lo pequeña e insignificante que era, comprendió que de nada valía intentar ganar una lucha ya perdida de antemano. La boca del estómago se le contrajo bruscamente en un lamento reprimido y, cuando fue lo suficientemente grande y doloroso, lo liberó de su cuerpo maltrecho y se echó a llorar desconsoladamente.

No podía recordar todas las veces que había sido derrotada, y eso la desconcertaba profundamente. Nunca fue de esa clase de personas que se rinden ante la primera dificultad; por mucha fuerza de voluntad que le costase, siempre se levantaba con la cabeza alta para hacer frente a su rival una vez más. Sin embargo, en aquella ocasión era diferente.
No podía vencer.
De nada valían tantos esfuerzos, tantos gritos de furia y arrojo, tantas heridas en las manos por cada vez que caía. De nada servía hundirse en el fango y volver a ponerse en pie cubierta de lodo y ganas de seguir resistiendo.
Ya ni siquiera albergaba esperanzas.
Porque aquella fuerza que la acosaba era imparable, y no descansaría hasta verla retorciéndose de angustia, suplicando piedad, arrastrándose en la miseria y bajando la mirada, temerosa.
Y allí estaba ella, arrodillada en el suelo, mirando hacia arriba a su oponente con los ojos anegados en lágrimas de humillación y derrota. Sin ánimos ya para ponerse en pie, aguardaba, abatida y apática,  las órdenes de su nuevo dueño.

Aer

lunes, 19 de enero de 2015

Música maldita


MÚSICA MALDITA

Entre las brumas del sopor navega una mente dormida, surcando el manso océano de nubes blancas y recuerdos difusos. Las imágenes distorsionadas se suceden apaciblemente entre un torbellino de colores apagados y voces distantes. La inconsciencia se sumerge en la profundidad de las aguas tranquilas mientras bucea entre sueños perdidos y olvidados…
Entre las brumas del sopor navega una mente dormida, y una garra afilada va segando uno a uno los hilos que la amarran a la inconsciencia. La conciencia, poco a poco, va aflorando y se asienta pesadamente en la mente adormilada, y aún acierta a escuchar en la lejanía los últimos gritos desgarradores de esa música maldita.


Aer

jueves, 15 de enero de 2015

Carta a un difunto



CARTA A UN DIFUNTO

Querido hermano:

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí a esta dirección, pero permíteme que lo haga al menos una vez más. Las flores acaban de nacer después de un largo invierno y el tiempo es propicio para expresar mis más sinceros pensamientos hacia ti.
Recuerdo que mamá solía decir: “Apoyaos los unos a los otros, no renunciéis jamás a vuestra sangre”. Y lo intento; de verdad que estoy intentando ayudarte. Aunque ni siquiera sé dónde estás, ni si estas cartas que te envío permanecen aún selladas, quiero creer que, donde quiera que estés, las lees.
Tus hijos se están recuperando poco a poco de esta pérdida. Fueron demasiados días de dolorosa agonía y demasiadas noches en vela con temor a un futuro incierto, pero aún conservan  las ganas de vivir. Saben que tienen un largo camino por delante y mis pequeños han estado haciendo todo lo posible por retirar esa placa de hielo que se ha instalado este invierno en sus corazones. Sus emociones ya casi no se resbalan con la lluvia y cada vez pasan más tiempo jugando en la fresca y suave hierba de la primavera.
El mar arremete hoy fuertemente contra las rocas del acantilado, quizá intentando despertar esa alegría que lleva dormida tantos meses; los niños se acercan a una distancia prudencial para ver cómo rompen las olas y salpican sus mejillas sonrosadas. Ríen de esa manera infantil que solo conocen los que viven el presente como si fuera el momento más feliz de su vida. Esta imagen consigue que derrame lágrimas de gratitud mientras escribo al comprobar que son capaces de seguir adelante, de sonreír sin temor a que sea la última vez que lo hacen.
Sin embargo, a pesar de todo, te echan de menos.
Frente a mí, entre la verde y fina hierba de la pradera, crece un diente de león. Ahora está tranquilo, disfrutando de los apacibles días de sol; pero, cuando esta joven y dorada flor madure, una leve brizna de viento bastará para que sus frutos echen a volar.
Pronto, a tus hijos les pasará lo mismo. Y, tal vez, cuando llegue ese momento en que les tocará a ellos elegir su propio camino, ni siquiera se acuerden de aquel hombre que los abandonó cuando más lo necesitaban. Tal vez algún día se pregunten: “¿Qué fue lo que hicimos para que nos dejara atrás? ¿Tan terribles éramos para él?” Y yo, al tiempo que mi alma se desgarra al recordar la oscuridad en la que un día ya muy lejano te vi envuelto, les responderé: “No fue culpa vuestra, hijos; lo que ocurre es que vuestro padre no tuvo la fuerza, el valor ni la entereza suficientes para asumir solo la enorme responsabilidad que vuestra madre le dejó al morir”.
No sé dónde estás, acaso en algún lugar sumido en las sombras de un océano de dolor y tristeza, errando en tu propio sufrimiento, lejos del mundo; pero tienes que despertar ya. No permitas que el recuerdo de tu difunta esposa te torture y te aísle de los demás. El sol ya ha salido, la primavera ha venido; el frío se ha ido y, con él, la escarcha. Las flores hacen brillar la pradera con colores cálidos y el mar se regodea en su furor. La vida estalla a nuestro alrededor con energías renovadas.
Los niños todavía piensan en ti, pero ya no van al camino esperando verte aparecer. Regresa antes de que te olviden y recuerda que no estás solo.

Te quiere

***

La carta reposaba en uno de los asientos delanteros. El camino rural que llevaba al acantilado estaba desierto; tan solo lo ocupaba un coche solitario aparcado en el arcén que no había conseguido llegar a su destino. Al volante, un hombre de aspecto abatido dudaba.
La casa junto al acantilado parecía deshabitada. Probablemente, sus inquilinos habían ido a la pradera que había más allá y desde la que se podía ver cómo las olas embestían el muro de rocas. Nadie podría haberse percatado de su llegada, y nadie tendría por qué enterarse jamás de que había estado allí.
Sin embargo, algo lo retenía en aquel lugar, obnubilado, sin atreverse a avanzar y sin osar retroceder. Había leído aquella carta tantas veces que se la sabía de memoria, y gracias a ella había logrado escapar por fin de su negro letargo, pero el miedo se había instalado en su corazón y lo oprimía con más fuerza que el dolor por la muerte de su esposa…
Y, en ese momento, el viudo, que hasta entonces se hallara inmerso en sus cavilaciones, tomó una decisión. Más tarde comprendería que había sido la acertada, pero no fue hasta que un día se acercara al borde del precipicio a escuchar los versos del oleaje cuando concibió que su amada lo había perdonado.
Observó aquellas palabras de trazos regulares por enésima vez y, llenando de aire nuevo sus pulmones secos, reanudó su camino.
                                                                                                                    
Aer

martes, 13 de enero de 2015

Locura


LOCURA

Y de nuevo vuelves a sentir esa impotencia y todos tus esfuerzos se vuelven inútiles, porque olvidas y recuerdas a base de golpes que un corazón y una mano jamás ganarán la batalla a ese par infernal reiterado que va destruyendo lo poco que te queda de cordura. A pesar de tu lucha incansable por lograr lo que sabes que no está a tu alcance, te levantas una y otra vez, sin importar el sudor que te gotea por la cara ni los arañados que se dibujan mal trazados en tus brazos. Y no te atreves a admitir que es imposible, pero a veces las rodillas simplemente no son capaces de sostenerte más. Esta amarga situación te arranca lágrimas de desesperación e ideas de abandono difíciles de despachar que te inundan y te ahogan, robándote el aire y la esperanza hasta que ya no queda nada y tu mirada se vacía, falta de luz y sentimientos.
Ni siquiera te quedan fuerzas para gritar “¡Expecto Patronum!” a ese par de dementores que te acosan imparables porque no recuerdas ningún pensamiento alegre; igual que Peter Pan cuando se olvidó de volar.
Y sucumbes sin remedio, una y otra vez, ante el poder que ejerce tu mayor enemigo, al que nunca has visto, ni verás, pero en cuyo camino siempre te cruzas por más que intentes escapar de él.
Yo lo llamo virus, pero hay quien lo conoce como sistema binario.

Aer

lunes, 12 de enero de 2015

La rutina

Esta breve descripción de la rutina está dedicada a mi profesor de Religión del instituto, Jorge, que más bien era mi profesor de La Vida. 


LA RUTINA

Los días se suceden monótonamente en esta triste espera en que cada segundo tarda una eternidad en pasar. En la mesa no queda un centímetro sin ser ocupado por hojas de papel repletas de densas selvas de palabras ininteligibles. Los bolígrafos y los rotuladores se hallan esparcidos de cualquier manera, en desorden irreparable y exhaustos. La silla, a cada minuto que pasa, más incómoda se vuelve, a cada hora, más dura, a cada instante, más destructora. Y, mientras tanto, los conocimientos adquiridos recientemente bailan un compás desconocido que el cerebro es incapaz de asimilar. El tiempo invertido empieza a convertirse en tiempo perdido, el sueño empieza a adormecer todas las células vivas, los párpados se cierran independientemente de que la cabeza quiera seguir levantada. Y todos los esfuerzos son reducidos a polvo, porque de nada han servido tantos días de encierro, tantos días de soledad, tantos días sin abrir esa ventana que permite la entrada de ese rayo de luz capaz de iluminar el alma: los días siguen transcurriendo a velocidad de vértigo y cada segundo de la cuenta atrás se va agotando más rápidamente que el anterior. La fecha esperada está ahí mismo, muy cerca, demasiado cerca, y el contenido de los folios todavía son solo palabras de tinta.


Aer

El otro lado de la calle


EL OTRO LADO DE LA CALLE

Mi corazón latía desbocado dentro de mi pecho, y parecía a punto de estallar. Tal vez intuyendo la causa, mis pies aceleraron el paso, recorriendo las calles que hacía tres años que no pisaban.
Esquivo como puedo a la multitud para no arrollarla en un intento desesperado de llegar a mi destino. Apenas puedo contener mi entusiasmo y se me escapa una sonrisa infantil.
Por fin llego a mi calle favorita, al otro lado de la cual se encuentra el bar donde trabaja ese chico que me vuelve loca, ese chico que ha habitado en mis pensamientos durante tanto tiempo que ya ni lo recuerdo. Han pasado tres años desde que lo vi por última vez y mi emoción aumenta por momentos.
Él solía atender a los clientes que estaban en la terraza; así pues, aguardo impaciente a que haga su aparición rutinaria, con la libreta en una mano y una bandeja en la otra. Al cabo de unos segundos, sale por la puerta.
Sé exactamente lo que tengo que hacer. Hace años que sueño con este momento y la ocasión que tanto esperaba se presenta ahora ante mí. Solamente tengo que caminar resuelta hacia él. Respira hondo y cálmate me digo; todo irá bien.
Apenas doy un paso para cruzar la calle cuando me quedo helada en el sitio.
Ha sido esa clienta tan elegante que ha llamado su atención. De pronto, se ha levantado y lo ha rodeado en un efusivo abrazo, como si lo conociera de toda la vida. Él le da un beso en la mejilla, le dice algo al oído y luego vuelve a entrar en el local. Ella aguarda sentada.
Y yo sigo de pie, inmóvil, observando la escena desde la acera de enfrente, como siempre he hecho. Mi corazón se hace pedazos al tiempo que mis sueños finalmente se desploman sobre un lecho de escombros grises y lágrimas de desconsuelo.
Ahora, ya nada podrá cambiar: cada uno continuará en su lado de la calle, y él seguirá sin saber que existo.

Aer

lunes, 5 de enero de 2015

El santuario del escritor


EL SANTUARIO DEL ESCRITOR

Los días transcurrían con lentitud aquel invierno en la vieja cabaña del bosque. El fuego ardía y crepitaba quedamente en el hogar, extendiendo su cálido manto por toda la estancia, y los rincones más recónditos se encogían temerosos entre las sombras. Sobre la mesa reposaba un tintero medio vacío y, a su lado, una pluma de cuervo negra y estilizada con la punta recién afilada. Junto a estos dos elementos, un trozo de pergamino en blanco, esperando sentir el rasgar de la pluma y el fluir de la tinta sobre su superficie áspera y lisa. La silla inmaculada aguardaba ante la mesa a que el escritor se sentase por fin.
Sin embargo, el hombre no podía sino deambular sin rumbo por la habitación, perdido en sus más profundas cavilaciones. De vez en cuando, se detenía a frotarse las manos frente a la chimenea para calentárselas, momento en el cual fijaba sus pupilas en las llamas y parecía mirar a través de ellas, tal vez anhelando hallar algo al otro lado. Pero una y otra vez volvía la cabeza, apesadumbrado, y reanudaba sus pasos errantes.
Así transcurrían los días, los meses, los años; y todos los inviernos, cuando el bosque enmudecía, el escritor acallaba sus pensamientos. El silencio lo envolvía hasta tal punto que llegaba a olvidarse del tiempo,  y no se daba cuenta de que se hacía viejo ni de que sus inviernos estaban contados, y los malgastaba de aquella manera tan suya, deambulando por su santuario, sin atreverse a mirar por la ventana para comprobar si aquella mañana acudiría a llamar a su puerta el ansiado visitante.
Mientras tanto, el tintero seguía medio vacío, la pluma sin estrenar y el pergamino intacto, sin lograr atraer por un instante la vieja y cansada mirada del escritor.

Aer