martes, 21 de abril de 2015

El peor día

EL PEOR DÍA

Era un día de mediados de mayo. Por las interminables cuestas del pueblo que lo conducían de regreso a casa, corría un niño radiante de felicidad, ansioso por transmitirles a sus padres la buena nueva. Imaginaba su reacción, sus pechos henchidos de orgullo y sus sonrisas de aprobación, y dobló la velocidad casi con urgencia. Por supuesto, también se lo diría a Toby y a Coda, y les llevaría sus chuches favoritas cuando fuera a visitarlos a la parcela.
Porque, contra todo pronóstico, Daniel, con apenas doce años recién cumplidos, había logrado derrotar en una partida de ajedrez al que había sido campeón del torneo durante tres años consecutivos. Su bien merecida medalla dorada rebotaba contra su pecho con cada zancada que daba.
Una vez hubo llegado a casa, llamó al timbre con ansiedad y aguardó, impaciente, a que abrieran la puerta. Al poco rato, en el umbral apareció su madre, lívida y visiblemente sorprendida, pues el niño había vuelto más temprano de lo que esperaba.
¡Daniel! alcanzó a murmurar, sin apartarse de la entrada ¿Cómo es que estás aquí tan pronto?
El niño, sin percatarse del extraño comportamiento de la mujer, le soltó a bocajarro, sin poder contenerse por más tiempo:
¡He ganado! ¡Mamá, he ganado el torneo! ¡He vencido a Raúl!
Como cualquier niño que anuncia a sus padres algo emocionante, Daniel supuso que su madre se alegraría y lo felicitaría, y lo estrecharía entre sus brazos con fuerza y arrobo; pero no fue esto lo que ocurrió, en absoluto.
Daniel, pasa y vete a tu cuarto ahora mismo dijo ella, en cambio.
Sin embargo, Daniel no le hizo caso y cogió unas galletas de perro de la caja que había sobre una cómoda en el vestíbulo.
No, mamá, tengo que contárselo a Toby y a Coda. Se lo prometí.
Y, acto seguido, salió rápidamente por la puerta de la cocina, sin advertir la expresión que compuso la mujer a su espalda.
Mientras caminaba por el sendero que conducía a la parcela a través de los matorrales, se puso a tararear alegremente la canción de los vencedores. Rodeó la medalla con los dedos y la admiró de nuevo, como si de una reliquia se tratase. No se molestó en preguntarse por qué su madre no le había dado la menor importancia, porque él solo podía pensar en que su deseo se había cumplido por fin. Al día siguiente podría fardar de ello ante sus amigos.
No obstante, cuando llegó a la parcela su euforia se evaporó tan deprisa que parecía que nunca hubiese estado allí.  En su lugar, solo le quedó un vacío en el pecho que lo dejó clavado en el sitio, mirando, boquiabierto y al borde del llanto, la horrible escena que se estaba desarrollando al otro lado de la valla. El mundo se detuvo un instante, el tiempo que tarda un corazón en latir.
Su padre debió de darse cuenta de que estaba siendo observado, porque en ese momento se detuvo y alzó una mirada iracunda que descargó sobre su petrificado hijo de doce años.
Hijo, vete de aquí le espetó, con dureza.
Daniel aún tardó unos segundos en obedecer y salir disparado hacia la casa para refugiarse en su habitación, pasando por delante de su madre, a quien parecían haberle caído encima veinte años de golpe. Se metió entre las sábanas, y, una vez oculto de miradas indiscretas, rompió a llorar desconsoladamente, sin lograr borrar de su retina la imagen de sus dos perros siendo fieramente apaleados por su padre.
Pasó el resto de la tarde solo, encerrado en su habitación, y, cuando su madre lo llamó para que fuera a cenar, la ignoró deliberadamente. No le apetecía ver a sus padres ni hablar de lo ocurrido, y ellos se limitaron a respetar su silencio, sin molestarlo.
Aquella noche, Daniel no logró conciliar el sueño hasta casi el amanecer, momento en el cual sus párpados hinchados se cerraron por fin con una punzada de dolor. Soñó con gemidos y aullidos de agonía. Cuando sonó la alarma del reloj por la mañana, se despertó como si hubiera recibido una paliza descomunal.
Esa tarde, al salir del colegio, fue directamente a la parcela para ver a Toby y a Coda. Quería comprobar que se encontraran bien. No era la primera vez que su padre los azotaba cuando hacían algo malo, pero este nunca había estado tan cabreado, y cada golpe que asestaba contra ellos era como un mazazo en el corazón de Daniel. Necesitaba verlos, pero, cuando llegó allí, no estaban por ninguna parte.
Se le hizo un nudo en el estómago al tiempo que se le nublaba la vista momentáneamente, y echó a correr con desespero hacia la casa. Irrumpió en la cocina como un vendaval, con la respiración agitada por la angustia.
¿Dónde están Toby y Coda? preguntó con urgencia.
Sin embargo, su madre se limitó a seguir pelando patatas de espaldas a él mientras su padre continuaba leyendo el periódico; aunque su mirada, Daniel se percató de ello, estaba fija en un punto de la página. Con más cautela, repitió la pregunta:
¿Papá…? ¿Dónde están?
Su padre suspiró pesadamente y cerró los ojos, como si estuviera eligiendo las palabras que iba a decir a continuación.
Ellos… ya no están dijo, despacio.
Daniel esperó, desconcertado, a que añadiera algo más, pero el hombre permaneció callado.
¿Qué no están? ¿Cómo que no están?
Era como lanzar un grito a un precipicio: la respuesta seguía siendo el eco repetido en la lejanía, que, en esta ocasión, retumbaba ensordecedoramente en su cabeza. El silencio hizo enmudecer la respiración de los presentes.
Después de un momento, que a los tres se les antojó eterno, el cabeza de familia habló:
Mi paciencia tiene un límite, hijo, y lo de ayer fue la gota que colmó el vaso. Hizo una pausa mientras contemplaba a Daniel con el ceño fruncido, observando su reacción.Cuando tu madre y yo llegamos a casa ayer por la tarde, el huerto estaba destrozado; y al ir al corral encontré a los perros engullendo los últimos restos de las gallinas. Ya no queda nada. Así que se los he regalado a un granjero que estaba interesado en ellos. Suspiró con pesadumbre. Lo he hecho por nuestro propio bien.
En medio del silencio que se hizo entonces, Daniel creyó oír algo que se rompía, pero debió de ser solo una impresión, pues fue en su pecho donde tuvo esa sensación. Tenía la boca abierta y los ojos desorbitados, y miraba a su padre como si de un fantasma se tratase. Aún tardó un instante en asimilar el significado de aquellas nefastas palabras y, cuando lo hizo, la verdad estalló ante él y lo cegó momentáneamente.
¿Regalado? logró articular, sin emitir sonido alguno.
Daniel no era consciente de que su madre había dejado el cuchillo y se aferraba con fuerza a la encimera hasta dejarse los nudillos blancos; ni de que su padre encogía los hombros, abatido después de aquella dura confesión. No se dio cuenta de que se tambaleaba ligeramente, ni de que, cuando recobró el equilibrio, empezó a mover los pies de manera mecánica hacia la puerta trasera de la cocina.
Daniel no se percataba de que el mundo seguía girando, mientras él creía que se había detenido para siempre…
Veloz como el rayo, Daniel salió de casa, dejó atrás la parcela, atravesó el huerto (o lo que quedaba de él) y llegó a la calle. Siguió corriendo cuesta arriba hasta que sus rodillas flaquearon y cayó al suelo aparatosamente. Un objeto redondo y metálico rebotó contra el asfalto; ni siquiera se acordaba de que aún llevaba su preciada medalla colgada al cuello, y ahora aquella pequeña gloria le resultaba mezquina e insignificante. Se la quitó, la miró con desagrado y la arrojó lejos, al tiempo que gritaba y llamaba a Toby y a Coda con la voz rota por el llanto.
Suplicó por su regreso, una y otra vez, pero, cuando notó que alguien lo agarraba y lo arrastraba fuera de la calzada, el niño ya sabía que no volvería a verlos nunca más.

Aer

Basado en hechos reales


domingo, 15 de marzo de 2015

Reconocimiento


RECONOCIMIENTO

Ella trabaja duro, pero no entiendo para qué. No le va a valer de nada que emplee tanto tiempo en eso, al final nunca obtiene el reconocimiento.
Todos los días se levanta temprano para estudiar, ponerse al día con los trabajos y hacer las tareas de la casa. Luego se marcha a la universidad, como si con eso fuera suficiente para poder decirle al mundo: hoy está bien, he hecho un buen trabajo. Sin embargo, sale a la calle con los hombros encogidos.
La veo cada día que pasa. La observo mientras piensa y deja la vida correr, y me doy cuenta de que lo sabe. Sabe que no hay nada que hacer, que siempre será igual, que el esfuerzo lo pondrá ella y el mérito se lo llevará otro.
A pesar de todo, sigue adelante, con la cabeza alta, los hombros caídos y el alma arrastrándose pesadamente a tres metros de distancia, manchándose con la suciedad del pavimento.
¿Por qué lo hará?, me pregunto una y otra vez, y una y otra vez obtengo la misma respuesta: hoy voy a hacerlo bien, hoy será un buen día.
Y así, día tras día, vive una vida que luego verá cómo le es arrebatada a la fuerza y sin ninguna dificultad, sin poder hacer nada para remediarlo. Le roban la vida, y ella solo es capaz de quedarse mirando ese agujero vacío que queda en su pecho. Después alza la vista y se pone a escribir.
Ojalá pudiera ayudarla, decirle hoy será un gran día, darle el reconocimiento que otros le niegan… Pero yo solo soy un pensamiento perdido.

Aer

miércoles, 4 de marzo de 2015

El único testigo


EL ÚNICO TESTIGO

Son las tres de la madrugada y no puedo dormir. He intentado relajarme para conciliar el sueño, en vano. Me encuentro cansada, pero mis párpados están abiertos de par en par.
Mis amigos y yo nos acostamos en cuanto llegamos a casa, a eso de las once y media, exhaustos después de haber pasado toda la tarde y parte de la noche recorriendo la feria del pueblo. Montamos en varias atracciones que daban vértigo e hicimos apuestas. Marc ganó un enorme pulpo de peluche, con siete brazos y dos patas, en un juego de tiros. El hombre que nos atendió compuso una mueca extraña al dárselo. Horas más tarde, con el estómago lleno y las piernas doloridas, dejamos que el pulpo descansara sobre el sofá del salón como un auténtico señor.
Dentro de la tranquilidad nocturna, el reloj de la cocina emite un ruido espeluznante. Tic-tac, tic-tac. Mis tímpanos vibran levemente con cada sacudida del segundero, y al compás de ese temblor late mi corazón, encogido. Mis brazos intentan protegerlo bajo el edredón.
Tic-tac.
Un susurro de sábanas en la habitación contigua me indica que alguien ha cambiado de posición. Tal vez no sea yo la única que tiene las pupilas dilatadas en medio de la oscuridad.
Las vigas del techo crujen, la madera de los muebles se contrae con un quejido. En el silencio de la noche, cualquier mínimo ruido se oye con espantosa claridad. Mi respiración es cada vez más débil y entrecortada, y se ralentiza con el fin de que mis oídos puedan captar otro sonido. A medida que pasa el tiempo, noto cómo voy empequeñeciendo cada vez más.
Tic-tac.
En esta casa hay tres habitaciones. Dos chicas duermen en la cama de matrimonio. Marc y Raúl se han acomodado en la litera del cuarto de al lado y Miguel se quedó en la esterilla, embutido en un saco viejo que había guardado al fondo de un armario. Sofía sueña apaciblemente cerca de mí, ajena a la inquietud que me invade. Sobre el sofá del salón descansa nuestro premio.
Tic-tac.
Alguien se levanta de la cama. Creo que es Marc, que salta de la litera. Lo oigo avanzar y tropezar con Miguel acto seguido. Pero este no protesta. No se ha despertado.
Marc cojea; seguramente se haya hecho daño al caer. Se detiene en el umbral.
Tic-tac.
¿Marc? ¿Qué pasa?
Es Raúl. Definitivamente, no soy la única que no consigue dormir.
Tic-tac.
Raúl se incorpora y, al salir, tropieza también con el cuerpo de Miguel. Cae estruendosamente al suelo. Se hace el silencio.
Tic-tac.
Detrás de mí suena una respiración contenida. En la cama de matrimonio, las chicas cuchichean quedamente. Su habitación, junto con la de los chicos, se halla justo delante del salón; la mía está detrás, pared con pared, al final de un pequeño corredor. Oigo cómo se enderezan, y luego callan.
Tic-tac.
Tic-tac.
No se oye nada más, nadie hace el más leve movimiento. Todos estamos despiertos y, a la vez, parecemos muertos.
¿Qué pasa?
Solo consigo captar la cu y la ese, lo que me demuestra que Sofía está tan asustada que no le sale la voz.
A mí tampoco. No contesto y sigo mirando la oscuridad con los ojos desorbitados.
Tic-tac.
Al cabo de unos segundos, Sofía reúne el valor suficiente para levantarse y salir a mirar. Rodea mi cama y llega al pasillo, tanteando las paredes con las manos. Yo me quedo donde estoy, porque sé que bajo las sábanas nadie puede hacerme daño.
Un poco más adelante, se para.
Silencio.
Tic-tac.
¿S-Sofía?
No hay respuesta.
Soy consciente de que estoy temblando, pero no noto frío, sino más bien un calor asfixiante. Estoy sudando. Mi corazón late desbocado y mis pulmones reclaman oxígeno a gritos. Tengo las pupilas dilatadas por el pánico. Me muerdo la lengua para amortiguar el ruido que producen mis dientes al castañear.
No puedo más. Pasados unos angustiosos instantes, me despojo del edredón y me pongo en pie, estremeciéndome. La incertidumbre ha logrado superar al miedo y la necesidad de saber se impone ante todo lo demás.
Avanzo con sigilo por el pasillo, pero me detengo enseguida.
Una tenue luz verdosa procedente del salón ilumina débilmente la estancia. Una negra silueta inmóvil se recorta contra ella limpiamente. La toco.
Deduzco, por la postura y la forma, que es Sofía, pero está fría y… dura como una piedra. Un escalofrío me recorre la médula. Entrecierro los ojos para distinguir algo más allá.
Las dos chicas de la habitación de matrimonio están incorporadas a los pies de la cama. Miguel sigue tumbado en el suelo, con los ojos abiertos de par en par, como hipnotizado. Raúl, que había tropezado con él, permanece en la misma posición. Marc es el que está más cerca de mí y de Sofía; tiene los pasos estáticos dirigidos hacia el centro del salón y una mirada ausente que refleja un brillo verdoso e inquietante.
Nadie se mueve. Solo yo, que no puedo evitar sentir la irrefrenable y mortífera curiosidad por saber qué es lo que había visto Marc antes de quedarse quieto.
Para siempre.
Pero no me doy cuenta hasta que veo ese horrible y nefasto muñeco de feria amorfo cuyos ojos verdes relucen siniestramente en la oscuridad y me dirigen una letal mirada que me dejará convertida en estatua como a todos los demás que osaron mirarlo esta noche.
En el ínfimo lapso de tiempo que han tardado nuestros ojos en encontrarse, me he dado cuenta de que seis de sus siete sinuosos brazos han desparecido. Solo queda uno.
Intuía que algo no iba bien desde que llegamos. Insistí en guardar el estúpido pulpo en el armario, pero nadie me escuchó.
Noto cómo mi cuerpo se enfría y se petrifica.
Para siempre.
Tic-tac. 

Aer

viernes, 27 de febrero de 2015

Momentos fugaces


MOMENTOS FUGACES

Mis padres se marchan. Solo quedamos ella y yo.
Yo he ido despedirlos hasta la puerta, aún con la vana esperanza de que me dejaran ir con ellos. Ella, en cambio, sigue sentada en una silla de su habitación.
Recorro toda la casa en busca de algo que hacer, pero está tan silenciosa que hasta los juguetes me resultan aburridos. Así que voy a su habitación y de un salto me siento en su cama. Y la miro. Y ella me mira y me sonríe.
Aparto la mirada y me fijo en lo que está haciendo. Está escribiendo algo; me lo enseña, pero soy incapaz de descifrar esos garabatos dibujados sobre el papel. Nunca entenderé por qué los humanos se complican tanto la vida.
Cansada por el paseo y con el estómago lleno, me tumbo en la cama de mi hermana y me duermo pensando que mañana volveré a correr libre por la playa.

***

El estudio del ojo me tiene totalmente desquiciada. Llevo dos horas sin levantar la vista y no he avanzado casi nada. Dejo el bolígrafo en la mesa y abandono los apuntes, resentida.
Recorro en silencio la casa, vacía a excepción de una pequeña sombra que corretea de aquí para allá, olfateando todo cuanto encuentra a su paso.
Cuando vuelvo a mi habitación, me dejo caer boca arriba en la cama, exhausta. La luz de la lámpara de pie titila suavemente en el techo. Apenas me doy cuenta, pero, en el tiempo que estoy tumbada, algo ha cambiado.
Las pisadas han dejado de sonar.
Levanto ligeramente la cabeza y miro hacia los pies de la cama. Y allí está ella, sentada en el suelo, muy tiesa, mirándome fijamente como si fuera un ser de otro planeta que ha osado interrumpir vilmente su inspección del suelo de la casa. El belfo superior derecho se le ha quedado metido hacia dentro y me recuerda a mi bisabuelo cuando olvidaba ponerse la dentadura postiza.
De la boca de mi estómago empieza a surgir una risa incontrolable que escapa de mi cuerpo como una carcajada alocada e infantil. Ella, en un mudo gesto interrogante, ladea la cabeza.

***

La arena se hunde bajo mis pies, se levanta con mis pasos y baila al son de la música que emiten las olas del mar al romper contra la orilla. Dejo que el aire salado penetre en mis pulmones y me recorra el cuerpo, refrescándolo. Es una sensación agradable…
Entonces, la veo correr delante de mí y todo lo demás pasa a un segundo plano. No puedo quedarme atrás, así que emprendo la persecución a toda velocidad…
Hasta que la alcanzo, y la adelanto. Pero yo sigo corriendo, sabiendo que ella viene conmigo, algo más rezagada. Los músculos se me tensan bajo la piel; los fuerzo al máximo para obtener la máxima potencia. Soy tan veloz como el viento, que me susurra al oído mientras me alejo de la realidad para seguir corriendo.
Y no me detengo, no miro hacia atrás. Por un momento me siento libre, un momento glorioso que, en este instante, dura para siempre.

***

Y entonces, sobreviene el pánico ante lo inminente. Sabes lo que va a suceder y la angustia te inunda por dentro. Aun así, no pierdes la esperanza de que todo sea una falsa alarma.
Nada más lejos de la realidad. Los oscuros presagios se confirman cuando ves que desaparece corriendo con ese desconocido y no vuelve. Estalla en la boca de tu estómago una llamarada de rabia y desconsuelo cuando eres consciente de tu propia impotencia. Pese a todo, buscas desesperadamente la manera de encontrarla.

Aer

martes, 24 de febrero de 2015

Diálogo


¿Quieres que te cuente algo?
Claro. Cuéntame tus problemas.
El camino se complica, con cada paso, con cada derrota…
¿Es grave?
Sí, es bastante grave.
¿Corres peligro de muerte?
Si la depresión lleva a la muerte, entonces sí, corro peligro.
Para que eso llegue a ocurrir, la depresión ha de ser muy fuerte. ¿Te ves con ánimos para continuar?
A veces creo que sí, pero otras veces no.
¿Quieres continuar?
Creo que sí. En ocasiones dudo, aunque cada vez estoy más convencida de hallarme en el sitio correcto. Pero, entonces, se produce el desastre…
No te preocupes. Lo más importante es que sigas pudiendo levantarte y, sobre todo, que tengas al voluntad de hacerlo.
¿Y de dónde saco esa voluntad?
De ti misma. Tienes que encontrarla dentro de ti.
¿Dentro de mí? Pero, ¿qué aspecto tiene? ¿Y si no la encuentro?
No tiene forma, no es tangible. Encontrarla o no depende solo de ti.
¿De mí?
De ti. Búscala y la encontrarás. En realidad, es bastante fácil. Solo tienes que creer en ti misma.
¿Creer en mí misma? ¿Cómo se hace eso?
Creer en uno mismo es darse otra oportunidad. Y así, cuando falles, sabrás que puedes acertar la próxima vez.
¿Habrá más fallos?
Los habrá. Pero no por ello has de abandonar. Para logar algo, has de ser capaz de resistir y no rendirte nunca. Has de seguir luchando por aquello que deseas.
Si lo hago así… si hago lo que me dices… ¿me curaré?
Te curarás. Pero no estarás exenta de otros peligros. Y estos habrás de afrontarlos con valor para seguir adelante y alcanzar tus propósitos. No importan los errores que cometas. No. Lo que verdaderamente importa es lo que hagas después.
¿Podría aprender de ellos, pues?
Exacto. Aprender y avanzar. Eso es lo que hay que hacer.


Aer

domingo, 22 de febrero de 2015

Hoy

Por esos momentos que han de repetirse al menos una vez al día…

HOY

Después de tanto tiempo recluida, las calles de Madrid se me antojan eternas y bulliciosas. Puede que realmente sean así, pero los recuerdos que yo guardo son completamente diferentes.
Son los recuerdos de hoy, el ahora, el presente.
Música con la que deleitarse, cuadros que contemplar, callejas que explorar… Comida exótica para universitarios hambrientos. Y el sol… brilla en el cielo como la estrella más grande. Quiere hacerse ver y a la vez imponer tanto que acabes bajando la mirada, intimidado. Los árboles desnudos alzan sus ramas aguardando la caricia del viento, un viento suave, recogido, susurrante, cargado de promesas de una primavera cercana.
A mi alrededor flotan las palabras, pequeñas, inseguras, pero que van tejiendo una historia cada vez más complicada. Las escucho, las memorizo, las reproduzco. Eran parte de ella y ahora son parte de mí también. En este momento, ambas compartimos un secreto que es nuestro, que nos une, que nos hace fuertes, y solo Madrid es testigo de cómo nuestro corazón se agranda al soñar, al creer y al ilusionarnos con los pequeños detalles de una vida incierta.
¿Y si nuestros sueños se hicieran realidad? Solo tal vez… El tiempo nos lo dirá.
Pero hoy mi deseo de soñar se ha cumplido una vez más.


Aer

sábado, 21 de febrero de 2015

Cilla

Esta historia tiene tres partes:

Dedicatoria:
 A mi mejor amiga

Agradecimientos:
Gracias a Anita, por ser amiga, por ser crítica, por leer esta historia trescientas veces y ayudarme a mejorarla, por animarme a seguir

Y la propia historia…

CILLA

No recuerdo mi vida antes de ser abandonada. Solo consigo evocar los días en que caminaba por el arcén de una carretera solitaria con mi madre, sin saber a dónde ir, sin saber qué comer ni qué beber.
Hacía calor; era verano y haría días que no llovía, porque el suelo estaba árido y seco. Ni una brizna de viento conseguía alejar la insoportable idea de que nos estábamos muriendo de hambre y sed.
Mi madre era joven, y en sus ojos se reflejaba el dolor de quien lo pasa verdaderamente mal en la vida. Cada día que pasábamos a la intemperie, ella se esforzaba lo inimaginable por encontrar humedad en la tierra, algún insecto que tragar, algo con lo que sobrevivir. Si alguna vez descubría algo que se pudiera comer, siempre me lo daba a mí primero, y era consciente de que no aguantaríamos mucho tiempo encerradas en aquella insulsa rutina. Yo, en cambio, era muy pequeña para darme cuenta de lo que sucedía.
De aquellos días nefastos, solo la recuerdo a ella.
Una mañana, apareció una furgoneta. De ella se apearon dos hombres muy cerca de donde nos habíamos escondido, detrás de unas malas hierbas. Se aproximaron lentamente, pero no teníamos fuerzas para iniciar una huida precipitada, así que nos dejamos atrapar, resignadas. Instantes después, nos encontrábamos instaladas en la parte de atrás del vehículo, el cual empezó a vibrar mientras se desplazaba, provocándonos un mareo irremediable que nos duró todo el trayecto hasta quién sabe dónde.
Cuando llegamos, los hombres nos condujeron amablemente y con cuidado, para no hacernos perder el equilibrio (ya que nuestras vísceras seguían dando vueltas dentro de nuestro cuerpo), hacia un jardín vallado, y allí nos dejaron solas hasta que, poco después, apareció una mujer que nos trajo comida y agua. Bendita bondad, pensé.
Al poco tiempo, descubrimos que no éramos las únicas a las que habían rescatado de la miseria. En aquel pequeño refugio había otros como nosotras, abandonados, maltratados, lacerados. Y pronto nos hicimos amigas suyas.
Había pequeños, adultos y viejos. A mí me gustaba jugar a pelearme con los de mi edad, siempre bajo la atenta mirada del más veterano del lugar, ciego, medio cojo, pero con buen olfato. En ocasiones oía decir que no duraría mucho más tiempo; sin embargo, mientras resistía a la vejez y a la enfermedad, nunca perdía la oportunidad de pegarnos un buen grito para que tranquilizáramos nuestros ánimos. A quien más cariño cogí allí fue a la mujer que nos cuidaba. Siempre nos traía la comida y nos cambiaba el agua. Era muy simpática y me hacía muchas carantoñas que me alegraban el día. Nos trataba muy bien a todos.
Así transcurrió el resto del verano.
Pero,  al final, ocurrió algo nuevo, distinto.
Tenía visita.
No entendí por qué lo hicieron, pero, en el momento en que aparecieron aquellas personas, me dejaron sola en mi parcela junto a una compañera raquítica, y al resto se los llevaron a otras contiguas.
Mi madre estaba al otro lado de la valla.
Era la primera vez que nos separaban, pero yo, en mi inocente juventud, no me percaté de ese pequeño detalle. Y, debido a mi alocado carácter, no pude evitar ponerme a juguetear con los visitantes, asaltándolos cuando estaban desprevenidos mientras mi compañera raquítica se alejaba de ellos, asustada.
Así pasé un rato entretenido, hasta que se marcharon y pude estar de nuevo con mi madre. Entonces, yo no lo sabía, porque, cuando se es pequeño, lo más importante y lo único que te ocupa la mente es el juego; no te preocupas por nimiedades como el miedo y la desesperación. Así que no era consciente de los sentimientos encontrados que había experimentado mi madre al otro lado de la valla mientras yo bailaba con fuego junto a aquellos extraños visitantes.
Nuestra vida volvió a la normalidad después de aquel suceso, aunque no por mucho tiempo.
Después de una semana, soy arrastrada hasta la parte trasera de otra furgoneta, y, esta vez, mi madre no va conmigo.
Grité, la llamé, aullé, lloré, rogué por que me dejaran volver a su lado. En vano. El coche arrancó y no regresó. Después de ese día, jamás volví a ver a mi madre. Ni una sola vez.
Al cabo de un rato que se me hizo eterno, la furgoneta se detuvo y me permitieron salir. Pero me encontraba en un sitio completamente diferente. Sin dejarme tiempo apenas para echar un leve vistazo a mi alrededor, me condujeron a una de las casas que ocupan la interminable calle asfaltada. Allí, me recibió una mujer que se parecía a la de mi antiguo hogar, también muy simpática.
Está conmigo un rato y luego me deja encerrada en el garaje. No hay luz y me siento sola. El miedo consigue que mis esfínteres se relajen.
Más tarde, alguien abrió la puerta y me encontré cara a cara con las mismas personas que me habían visitado hacía una semana en mi parcela. Me puse muy nerviosa; de pronto, las cosas sucedían con demasiada rapidez y no me daba tiempo a asimilarlas.
Y otra vez lucían esa sonrisa amable y cariñosa. Pero yo lo único que quería era volver con mi madre.
Me pusieron un collar al cuello y ataron una cuerda a él; luego, me llevaron a rastras fuera de aquella casa.
De nuevo estoy en la parte de atrás de un coche y de nuevo este se empieza a mover.
¿Cuántas veces más me iban a trasladar?
¿A dónde iría ahora?


A pesar de mis miedos y mi incertidumbre iniciales, esta gente no estaba tan mal. Eran buenos conmigo; me daban de comer, me regalaban juguetes, me llevaban de paseo y me dejaban jugar con quienquiera que me encontrase por la calle o en el parque. Se preocupaban por mí. Aunque se enfadaban cuando orinaba donde no debía o cuando me alejaba corriendo demasiado. Y hubo un tiempo en que me llevaban mucho a un sitio donde había un señor que no dejaba de toquetearme y mirarme todo el cuerpo; creo que era por mi bien, pero me molestaba.
Lo que no me ha gustado nada es algo que hicieron unos años atrás conmigo, con mi cuerpo. Eso de abrirme la tripa y empezar a quitarme órganos para que no me reprodujera.
Creo que, en el fondo, ellos no querían someterme a semejante operación. Pero, al parecer, no tenían opción. Al parecer, venía en el contrato de adopción de cachorros.
Después de eso, el problema derivó en un seroma del tamaño de un puño que esperaban que se reabsorbiera por sí solo al cabo de un mes, y, mientras tanto, tuve el juego restringido porque no podía hacer ejercicio en exceso por si la cosa se ponía fea.


Anoche soñé con mi madre; la de verdad, no la adoptiva. Poco a poco me he ido olvidando de ella, y a veces, su recuerdo me asalta en sueños. Una vez oí que también la habían adoptado otras personas. ¿Qué estará haciendo ahora? ¿Se acordará de mí? ¿Me echará de menos como yo a ella? No puedo evitar un estremecimiento.
Mi cuerpo se agarrota al pensar que hemos sido creados exclusiva e injustamente para proporcionar compañía y servicio al ser humano. Y, a pesar de ello, a pesar de estar siempre a su disposición, todavía hay perros abandonados, maltratados y lacerados que se hallan solos en algún lugar de este mundo.



Aer